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Emiliano Zapata, con un sombrero grande…

Marian Fagan*

Emiliano Zapata con un sobrero grandeEstoy sentada en el gran comedor festivo de Poco al Sur, mi restaurante favorito en San Antonio, Texas.  Además de por su comida increíble, el restaurante es conocido por sus murales.  Rostros pintados en las paredes de latinos famosos, vivos y muertos, miran a la audiencia que está cenando.  El efecto es fascinante.  No puedo dejar de mirar esas paredes.  Hoy estoy en Poco al Sur para tener la oportunidad de mi vida y vivir una experiencia única.

Un poco de historia: hace aproximadamente dos años, mientras manejaba en Avenida San Pedro, me tocó ver un accidente automovilístico.  Me detuve porque... nunca se sabe.  En uno de los autos destrozados encontré a un hombre que no estaba respirando.  Como maestra de preparatoria he sido entrenada en RCP y este fue el momento de poner en práctica lo que sabía.  Pude resucitar al hombre. Se recuperó y cuando se sintió mejor, me buscó para agradecerme.  Su nombre era Julio César Salinas.

Julio César Salinas, que se parece mucho a Benito Juárez, ha sido camarero en Poco al Sur desde hace 15 años.  Sabe más sobre ese restaurante que los propios  dueños.  Sabe cosas increíbles sobre sus grandes murales.  Como yo lo ayudé, él quiso a cambio ofrecerme una “experiencia única” con respecto a los murales.  Me pidió una donación pequeña: necesitaba traer cinco docenas de tamales hechos por la señora Celia Acevedo de Calle Mariposa, y una botella grande de tequila añejo Don Julio.  Yo estaba intrigada.

Una vez que adquirí los artículos, me reuní nuevamente con Julio César.  Él tomó mi “donación” y me explicó todo lo que pasaría. Voy a tener exactamente 45 minutos para entrar y salir.  Habrá gente interesante al otro lado del mural.  Después de atravesarlo, una persona va a darme un cronómetro, un frasco con mi tequila y cinco vasos tequileros.  Yo puedo hacer un brindis significativo con las personas que quiera conocer. Cabe esperar algunas posibles interrupciones, así que deberé guiarme pon la corriente.  Finalmente, tengo que salir en 45 minutos o habré creado un problema en el tiempo continuo.

Así que hoy me siento en el restaurante anticipando mi “experiencia única.”  Ahora mismo veo a Julio César entrar al comedor con una bandeja para poner los platos sucios.  De acuerdo con el plan, empiezo a seguirlo cuando pasa por mi mesa.  Camina hacia una mesa muy cerca de la parte del mural donde está dibujado Emiliano Zapata, quien port un sombrero grande. Finjo estar colocando sobre la mesa una propina para Julio César.  Luego, lentamente, él levanta su bandeja, da un repentino paso hacia atrás, como si perdiera el equilibrio.  Al mismo tiempo yo también doy un paso atrás dentro de Emiliano Zapata.  Luego, en un “pop”, como al descorchar una botella de champaña, me encuentro del otro lado del mural.

El interior de la pared está completamente oscuro, excepto por el mismo Emiliano Zapata con el sombrero grande.  Una mujer joven que lleva un vestido oaxaqueño bordado se me acerca y me da cinco vasos de licor, un frasco de tequila y un cronómetro programado para arrancarse en 43 minutos.

Me doy la vuelta y de pronto estoy afuera en un patio al anochecer.  Hay adultos sentados, parados en grupos pequeños y caminando sin prisas.  Casualmente dispuestas por todo el patio, hay mesas largas, bancos y sillas de madera.   Sobre las mesas hay manteles blancos, platos de tamales y jarras de agua helada.  Árboles con ramas largas rodean el patio y forman un dosel sobre algunas de las mesas.  Suspendido sobre el patio y en las ramas de los árboles cuelgan cordones de luces pequeñas formando festones.  Risas, conversaciones y canciones cosquillean el aire.  Todos los personajes de los murales están aquí y muchos otros más.

Empiezo a caminar hacia el patio.  Rápidamente lo reconozco.  Es Gabriel García Márquez que está mirando hacia un árbol con luces pequeñas.  A mis estudiantes de literatura les hablo de él y les enseño sobre su obra. Lo reconocería en casi cualquier lugar.  Preparo dos vasos de bebida y me dirijo hacia él.  Para mí y para mucho otros, las primeras líneas de Cien Años de Soledad resultan increíblemente hermosas:

         Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel

         Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que

         su padre lo llevó a conocer el hielo.

Tal escritura. ¡Me la sé! Le voy a hacer un brindis  y usaré la palabra “hielo”.

Tomo mi frasco y sirvo una porción de tequila para Gabriel García Márquez y otra para mí. Me preparo para presentarme.  Pero en ese momento Salma Hayek se une a nosotros.  Acaba de bailar salsa con Julio Iglesias.  Ella alcanza una jarra de agua helada y agarra un cubito de hielo y lo frota sobre su frente.  —La alegría del hielo. ¿Tengo razón?,  nos dice.  Luego se lleva a Gabriel García Márquez y ambos se ponen a escuchar a Luis Fonsi, que está cantando en el otro extremo del patio.  Pienso: ¡Ay, Salma Hayek! ¡Ese iba a ser mi brindis!  Tengo que reír y buscar mi próxima oportunidad de brindar.

         Camino un poco más en el patio.  Solo, en una mesa, un hombre, que asumo es Diego Rivera, ha comenzado a ahogarse con fuerza.  Hay una mitad de tamal en su plato.  Me le acerco  para ayudarle.  Mi entrenamiento de primeros auxilios puede ser útil nuevamente.  En ese momento, el Padre Hidalgo y Sofía Vergara llegan a su lado.  Me sorprende lo grande que se ve Diego Rivera sentado en esa pequeña silla.  Decido que este no es un buen momento para conocer al icónico personaje.

Tres mesas más allá, veo a José Clemente Orozco levantarse de repente.  Comienza a dibujar algo en el mantel usando trazos largos.  Lo reconozco por sus lentes característicos, según un documental que vi recientemente.  Preparo dos vasos de tequila, uno para él y uno para mí, me dirijo hacia él y me preparo para presentarme.

Pero en ese momento Frida Kahlo camina hacia nosotros y me quita el vaso de tequila.  Le dice: —¿Un momento de inspiración, José? José Clemente Orozco está dibujando una imagen que comienza a parecerse a la de un hombre muy grande. Fuerte y feo como mi Diego, le dice Frida. —¡Ahora dibuja mi corazón roto en mil pedazos!, le grita.  Tira al suelo el vaso de tequila, que se rompe.  —Es suficiente José. ¡Vámonos! Encontrémonos con esa música. Junta sus brazos con los del muralista y se van para escuchar a Luis Fonsi.  Estoy aturdida.

A pocos metros está Isabel Allende, quien ha observado todo esto.  Me mira directamente. —Después de Frida Kahlo, se necesita caminar con cuidado, me dice, señalando los vidrios rotos.  Mi mente se apresura a pensar en un brindis apropiado para Isabel Allende, autora cuya obra he disfrutado durante tantos años.  Felizmente sirvo los tragos de tequila que me quedan, para Isabel Allende y para mí.  Todavía no puedo pensar en un brindis.  Ella levanta el vaso y me dice: —Por mi amiga, Frida.  La gente agradable y con sentido común no hace personajes interesantes.

¡Guau!  !Un brindis de Isabel Allende!

El cronómetro se enciende.  Tengo que irme. En la pared oscura con Emiliano Zapata que lleva un sombrero grande, la joven del vestido oaxaqueño toma mi vaso.  Me dice: —Gracias por venir. Asegúrese de darle propina a su mesero.  Por favor, proceda a pasar a través de la pared.

Cuando paso por la pared, me encuentro del lado izquierdo de Julio César.  Está limpiando la misma mesa en la que lo dejé.  Me muestra una mesa vacía donde ya ha colocado una taza de té, unas papitas y salsa.  Me dice que debería sentarme y tomarme mi tiempo.  Estoy comiéndome las papitas mientras hago recuento de los últimos 45 minutos.  Miro los murales con el rostro de alguien que no parecería del todo sana. Cierro los ojos durante 30 segundos, intentando recordar lo que puedo.  Luego escaneo el comedor. 

Sentado al final de una mesa pequeña cerca de una ventana, veo a un hombre que se parece exactamente a Cantinflas.  Sentada en una silla a la mitad de una mesa larga, hay una mujer que se parece exactamente a Isabel Allende.  Me guiña un ojo.

*Estudiante de Estados Unidos del curso de Español 5
 Profesor: Bedxeli Amaya
 CEPE-Polanco, UNAM

Imagen: freepik.es


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