Volver al vientre. En respuesta a "El Huésped", de Amparo Dávila
Willow Barnosky*
Fue la misma pesadilla. La oscuridad. La humedad. Los sonidos metálicos. La madera temblorosa, el cuarto tembloroso. Y yo solo. Muy solo.
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Nunca fui el favorito. Mi hermano mayor era el guapo, el atleta, el cerebro, y mi hermano menor el bebé, el tan lindo, mi chiquitín, mi tesoro. Pero llegó mi día. La oportunidad de salir, de ir a otra tierra, al extranjero, a otro lugar con más gente, más movimiento, más trabajo.
Llegué, y al principio nadie me notó. Sabía que tenía algo especial. Yo sabía trabajar, mis hermanos no. Sabía escuchar, sabía vestirme bien, sabía vestirme para el trabajo que quería, no solo para el que tenía. Pero nadie me miraba ni a los ojos. Una orden, otra orden, todos ocupados, todos de prisa, hasta para comer.
En una publicación en las redes sociales mi hermano mayor compartió fotos de su novia. Yo compartí fotos de un rascacielos cerca de mi trabajo. ¡Todo es increíble aquí! ¡Y todos son tan amables!, escribí. Y recibí más likes que mi hermano. Hasta mi madre compartió mis fotos con nuestras vecinas, Mira, mi hijo en el extranjero. Me pidió productos de belleza para ella y para las vecinas. No los olvides, me dijo; y por primera vez en mi vida me llamó todos los días.
Y un día ellos se fijaron en mí y las cosas pasaron muy rápido. Uno de los jefes, siempre con corbata, siempre volando aquí y allá, siempre yendo o viniendo de alguna reunión importante. Estaba en la cocina cuando entré yo, y respondió a mi saludo algo distraído, pero de repente me miró con atención desde los zapatos hasta el cabello antes de salir de la cocina.
Al día siguiente pasé por su oficina, donde estaba hablando cara a cara con su mujer, ese tipo de mujer tan elegante que le encantaría ver a mi madre, como una estrella de sus programas favoritos, y cuando él me vio, me llamó. Ven acá, me dijo, con una sonrisa y una mirada rápida a su mujer. Me hizo unas preguntas, de dónde era, en dónde vivía, si tenía interés en más trabajo, en otras oportunidades. Miré su corbata, esa con brillo, un color entre gris y azul, y le dije que sí. Que sí. Me invitó a quedarme en su casa unos meses, un barrio tranquilo, mejor vivir en un lugar con paz, con calma, ¿no te parece? Que ni pensar en el dinero, que mejor ahorrarlo para ayudar a mi familia, ¿no? Que si yo quería hacer algo, solo si quería, podría ayudar a su esposa a llevar cosas al jardín, que siempre trabajaba en el jardín, que si quería podría mudarme la próxima semana, sí, por qué esperar, o si no quería, si prefería quedarme en el otro barrio, ¿el barrio ruidoso? Y durante toda esta conversación, la sonrisa de su mujer creciendo más y más.
La siguiente semana vino a recogerme en un coche elegante, este tipo de coche que siempre había querido tener mi hermano mayor. Y le saqué una foto al coche y lo compartí en línea, y todos en mi barrio me dijeron que yo vivía el sueño.
En su casa me presentó a su esposa, una mujer no tan bella como su mujer de la oficina, y ni tan amable. Me miró como si fuera una sorpresa, y no una buena, y ni intentó bajar la voz cuando se quejó en el oído de su esposo y habló de mí como si yo fuera nadie, como si yo fuera nada.
El esposo no le hizo caso y puso su brazo en mis hombros y me presentó a la ama de casa, Guadalupe. Ustedes son compadres, ¿no? Como si fuéramos lo mismo, como si no supiera que yo era de otro tipo de familia. Ella me saludó con amabilidad como si hablara con un colega, no con un huésped invitado.
Durante la cena, los dos niños del dueño me miraron con asombro y curiosidad salvaje: era obvio que la madre no les había enseñado buenos modales. Después Guadalupe me mostró mi habitación y me quedé atónito en la puerta. Es grande, muy grande, y con privacidad, lejos de las otras habitaciones, me dijo.
Sí, era grande, y con mucha privacidad. Una cueva profunda, oscura, sin una ventana, muy fría y húmeda. Estuve casi seguro de que sentí unas gotas de líquido caer desde el techo. ¿Y en qué vas a trabajar aquí? me preguntó Guadalupe. ¿Aquí? le respondí. No, yo trabajo con el señor en la oficina. Y me miraba como si no me creyera.
Pero el lunes siguiente, por la mañana, el jefe me miró sorprendido cuando salí corriendo hacia su coche para ir con él a la ciudad. No te preocupes. Ya no tienes que regresar a la oficina. Puedes quedarte aquí y mi esposa te cuida. Me saludó con la mano y se fue.
Mis fotos de la casa ganaron muchos likes y comentarios ¡Guau! Mi madre me habló con cariño, como si fuera uno de mis hermanos. Siempre supe que ibas a hacer algo grande con tu vida. Hasta mi padre, quien había desaparecido de mi vida cuando tenía tres años, me llamó. No me preguntó sobre mi vida, pero le conté que la estaba pasando súper bien, tenía una vida increíble, un trabajo fantástico, cómo me adoraban el jefe, su esposa, los chiquitos.
La esposa se quedaba en la casa todo el día enfrente del televisor, escuchando programas con gente discutiendo, gritando, y música dramática. Guadalupe limpiaba, cocinaba y cuidaba de los niños y su bebé, Martín o algo así. Me escapé de mi habitación y salí para ver el sol, para ver el jardín. Un gato silvestre se me acercó, pero cuando intenté tocarlo, chilló y salió corriendo del jardín.
"¿Y si se come el gato? Lo vi en las noticias, sí, ¡lo hacen!" Escuché a la esposa hablando esa noche con su esposo.
Empecé a pasar los días en mi habitación, cubierto con cobijas. No noté tanto el frío ni la humedad cuando me concentré en mi teléfono. Ver las fotos de mi familia, de casa, de mi pueblo. Contar los likes de mis últimas fotos. Responder a los mensajes de mi madre, que sí, seguramente podría conseguirle un trabajo a mi hermano menor, por supuesto que podría quedarse conmigo en la casa del jefe, me encantaría ayudarlo.
El jefe hizo un viaje largo de trabajo, le dijo a su esposa, y por varias noches la escuchaba llorando en su cuarto, gritando en el teléfono, quejándose en voz alta sobre los hombres, cómo te quitan los mejores años de tu vida y te dejan sola. Después de cenar, cuando Guadalupe solía llamar a mi puerta para traer mi comida, oí a la señora gritar: ¡Déjalo! Unas horas más tarde, cuando la casa quedó en silencio, abrí la puerta y vi la bandeja de comida fría en el suelo.
Mi madre me llamó para decirme que mi hermano vendría en unas semanas. ¿Y qué trabajo tendrá? Si hubiera hablado con mi jefe sobre él y sus habilidades, sabría lo encantador que era, era bueno con la gente, seguramente ascendería con rapidez en la empresa. Y con esa vieja voz familiar, que mejor lo cuidas, que mejor no me decepciones, como siempre. Que mejor no la arruines.
Una tarde escuché un llanto de dolor y terror del bebé y salí corriendo del cuarto en pijama. La esposa estaba, no, no podía ser, la esposa estaba mordiendo al bebé mientras él gritaba y pateaba. Me quedé paralizado y se me escapó un sonido extraño. Ella levantó la cabeza cuando me escuchó, su boca brillante y roja.
Regresé a mi habitación hasta la llegada del jefe. Entreabrí la puerta y la escuché: ¡Mira lo que le hizo a Martín! Nos va a matar a todos. Y su esposo bufó, estaba loca, el bebé estaba bien, probablemente solo fue un rasguño. Pero cuando abrí mi puerta para hablarle, me vio y retrocedió por el pasillo.
Pasé toda la noche, el día, la tarde, en cama, respondiendo mensajes de mi familia. Sí, que todo iba bien, maravilloso, a mi hermano le iba a encantar, el país tan increíble, el trabajo tan genial, la gente tan cálida, mi habitación tan acogedora.
*Estudiante de Estados Unidos de los cursos América Latina a través de la literatura y Literatura y Derechos Humanos
Profesores: Luis Tizcareño y José de Jesús Palacios
CEPE-CU, UNAM, Ciudad de México
Imagen: www.magnific.com
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