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Pequeños pasos

Mary Reynolds*

Pequeños pasosLa forma en que el español entró en mi vida es como simplemente decir: "se coló", sin anunciarse, como un huérfano persistentemente necesitado que buscaba cobijo; como si mi cabeza fuera su última oportunidad de supervivencia, así que le di cobijo. Comparemos ahora el idioma español con la adquisición de arrugas, porque sus trayectorias son similares. Un día me miro en el espejo y me pregunto si estoy viendo la foto de mi yo del futuro. Luego echo un buen vistazo a mi cuerpo real y, ¡órale, arrugas de la vida real! Ya se han establecido sin que me dé cuenta, se han sentido como en casa y no solo se han quedado a comer, sino que nunca se han ido. Al madurar, estas líneas irregulares en forma de araña se intensifican y dejan un picor que no desaparece porque no puedo rascarlas. Mi viaje con el idioma español comenzó de manera similar.

Primero, es el idioma; fácil, ¿no? Todos los niños hispanos que conozco lo hablan con fluidez, lo escucho, y pienso: ¡¿Qué difícil puede ser aprender ESO?! ¡Y de pronto, estuve emocionada por empezar el proceso! Sin embargo, al dominar un manojo de palabras empiezo a preguntarme: ¿cómo hago que funcionen para mí? Esta toma de conciencia hace avanzar el viaje a medida que aprendes a agruparlas en categorías, funciones, significados, nombres, etc., junto con recetas para construir y secuenciar estas palabras aleatorias en patrones significativos para que puedas expresar pensamientos contextualmente: visual, oral, auditivo y en la página en blanco. Todo eso, y la necesidad de tener en cuenta la importancia de los tiempos verbales en relación con el mensaje que demanda expresión, son conceptos en los que nunca pensé cuando aprendí mi propia lengua materna. Sin embargo, a diferencia de las arrugas, los obstáculos que encuentro aquí son picores que se pueden rascar y por eso persisto, rascando con el objetivo de dominar el idioma. A medida que avanzo lentamente en esta ambición, soy consciente de que la cultura desempeña un papel importante en la adquisición y expresión de una lengua. Estoy absorbiendo esa esencia —al menos eso creo.

Sería un sacrilegio comparar la cultura con una carga de ropa sucia, aunque la cultura de un pueblo y una carga de ropa sucia tienen algo en común. La lavadora tiene una puerta de cristal que nos permite ver cómo su contenido se retuerce y gira mientras la máquina completa su misión. Al retirar el contenido, podemos maravillarnos de que los distintos elementos sigan siendo únicos, bueno, casi. El color que se desprendió de uno de los elementos se ha superpuesto a todos los demás, lo justo para marcar la diferencia. La cultura tiene ese efecto en quienes la practican, se superpone a los recién llegados, la mayoría de los cuales no tiene una experiencia previa. Pensemos en los recién nacidos. Se adaptan a las normas de la cultura a medida que viven y crecen en ella, enriqueciéndose con las creencias y valores compartidos, sumados a las costumbres y las prácticas que influyen en el comportamiento aprendido. Todo esto conforma el paraguas informe de la ética que se convierte en una segunda naturaleza para sus adeptos. Bueno, yo no puedo infiltrarme totalmente, pero puedo participar en los márgenes y profundizar en mi apreciación a medida que crezco en el idioma.

*Estudiante de Estados Unidos del curso Cultura mexicana en doce crónicas
Profesor: Horacio Molano
CEPE-CU, UNAM, Ciudad de México


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