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Mi viaje inesperado con el español

Greg MacPhee*

Mi viaje inesperado con el españolEn los Estados Unidos, es muy común estudiar español en la secundaria y la preparatoria. Y también es muy común que se aprenda muy poco. Entendemos las palabras muy básicas y es muy común usarlas en conversaciones casuales entre hablantes de inglés, como “hola” o “vámonos”. Es irónico, teniendo en cuenta que los Estados Unidos tiene una de las mayores poblaciones de hispanohablantes en el mundo. Después de estudiar durante seis años, más un semestre en la universidad, no tenía la confianza de mantener una conversación en español con nadie. Para ser honesto, elegí el español porque me parecía más fácil que la otra opción, el francés. No quiero decir que tuviera malos maestros de español. Es que nunca pensé que sería útil. Nunca tuve planes de vivir fuera de mi país ni trabajar en una carrera en la que fuera necesario ser bilingüe. Solo usaba el español una hora cada día en la escuela y en mi vida personal nunca lo usaba. Recuerdo cuando terminé un semestre de español en la universidad, el cual me habían exigido que tomara. Pensé que nunca más tomaría una clase de ningún idioma. Para mí, en aquel entonces, no había una conexión entre el español y yo.

Todo cambió después de la universidad. Había estudiado para ser maestro de historia, pero cuando me gradué no podía encontrar trabajo en mi campo. En lugar de eso tomé un puesto para enseñar inglés a migrantes en una preparatoria por un año. Para mi sorpresa, me encantó y, trece años después, sigo siendo maestro de inglés para migrantes adolescentes y gente mayor. Pero tenía un problema: aunque no era un requisito ser bilingüe, más del noventa por ciento de mis estudiantes eran hispanohablantes, la mayoría de Guatemala y de República Dominicana. Me di cuenta de que podía usar el español que aprendí en la escuela como una base, pero tenía más necesidad de aprender más. Aprendí varias cosas gracias a mis estudiantes, por ejemplo, ¡casi todas las palabras malas de sus culturas!

Muchos estudiantes me felicitaron y me dijeron: “Hablas español muy bien”. Pero aún sabía que el listón estaba bajo y quería aprender mucho más. Tenía presente el estereotipo de los estadounidenses que solo pueden decir “hola” y “gracias.” Aunque mucha gente en mi país tiene la opinión de que los migrantes deberían aprender inglés y nada más, yo por fin tenía una razón e inspiración para seguir mis estudios en español.

Pero, ¿cómo y dónde? Creo en la inmersión, y sabía que no quería repetir mi experiencia con las clases de mi adolescencia, una hora de español y veintitrés de inglés. Entonces, durante el verano de 2018, pasé cuatro semanas en la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala. Viví con una familia anfitriona y tomé clases de uno a uno cinco horas diario entre semana. Elegí Guatemala porque quería ir a un lugar donde cumplir dos propósitos: aprender el idioma y la cultura e historia también. Después fui a Colombia por una semana y conocí allá a la abuela de una exalumna. Ella solamente hablaba español, pero podía entenderla y compartimos varias aventuras mientras me sirvió como mi guía de Bogotá. Regresé a mi trabajo con más confianza y fluidez, pero todavía necesitaba mucha práctica. En algún momento encontré el CEPE por primera vez en línea. Recuerdo pensar que este podría ser un buen lugar para un estudio prolongado. Tal vez podría pedir un sabático en mi trabajo. Pero también, en mi mente, el lado “lógico” me decía que esto sería imposible.

*Estudiante de Estados Unidos del curso Cultura mexicana en doce crónicas
Profesor: Horacio Molano
CEPE-CU, UNAM, Ciudad de México

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