El camino infinito
Sana Moosefidi*
El olor a marihuana llenaba todo el interior del coche. Eran las cuatro de la mañana y apenas lograba mantener los ojos abiertos. El único sonido era el de las llantas del coche. Estaba en la carretera de Mazamitla, solo. La calle muda. En medio de la oscuridad, distinguí una luz: un pequeño hotel con luces rojas alrededor de la puerta.
Al abrir la puerta, sonó una campana aguda. Un hombre se acercó a mí, vestido de blanco, con una lista en la mano. —Te estábamos esperando, joven. Me condujo hacia el interior. Los hombres bailaban con copas en la mano; las mujeres cantaban a voz en cuello. La luz me hería los ojos: sueño febril. Todos de blanco, gritando, bebiendo. —¡Baila, hombre, baila! ¡No nos vamos a quedar!—algunos me decían y me arrastraban hacia ellos. Una muchacha se acercó y me tendió unas ropas blancas. —¿Por qué no te las pones? Así estarías más cómodo —dijo la muchacha.
Mi cuerpo tembló de repente, rígido de frío. No me sentía parte de ese lugar. Quería volver a mi coche. Me aparté del gentío y corrí hacia la puerta. El hombre volvió a acercarse. —Puedes salir cuando quieras, pero nunca podrás salir, joven.
Quería gritar, pero no podía; algo me cerraba la garganta. Buscaba las llaves del coche en mis bolsillos. No estaban. No había nada. —¿Buscas estas? —dijo, acercándome las llaves con calma. Las tomé y golpeé la puerta. No se abrió. Fui hacia la ventana.
Era el amanecer y el cielo comenzaba a aclararse. Vi mi coche al otro lado de la calle; dentro, un hombre inmóvil con la cabeza ensangrentada sobre el volante. Quise girarme, buscar al hombre del hotel, pero no había nadie. Afuera, todo estaba mudo.
*Participante del II Concurso de relatos breves Hablando y escribiendo en español en Irán
Instituto de Lengua Española Alborz, Irán
Imagen: https://www.magnific.com/ (pvproductions)
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