Mi historia salvadoreña
Daniel Frank*
La historia de la familia de mi mamá es muy difícil; es una historia de éxito con mujeres fuertes. La historia que voy a contar pasó de mi bisabuela a mi abuela, a mi mamá y hasta mí.
Sucedió en un pueblo pequeño de El Salvador que se llama Gotera. Eran los años cuarenta y la vida era muy dura e injusta para las madres solteras. Gotera era un pueblo pequeño cerca de San Miguel, que era la tercera ciudad de El Salvador. En esos años las madres solteras eran muy juzgadas por el machismo. Las criticaban por no tener al padre de sus hijos presente. Los hombres podían tener muchos hijos con muchas mujeres y no ser responsables de ellos.
Así fue mi bisabuelo, que se llamaba Rafael. Era un mujeriego, montaba a caballo y usaba pistola. Era ranchero. Mi bisabuela se llamaba Josefina y no aprendió a leer ni a escribir hasta que cumplió 40 años. No saber leer ni escribir la hizo vulnerable. Una misionera estadounidense de la iglesia le enseñó a leer cuando ya vivía en la capital y su vida cambió.
Su historia fue difícil, especialmente porque no tenía educación. Ella era una mujer bonita, alta, delgada, de una familia con un poco de dinero. Iba al río a lavar la ropa. Un día conoció a un soldado del ejército en el río y se enamoró de él. Quedó embarazada, pero él ya no la quiso. Ella tuvo a su hijo.
Luego conoció a mi bisabuelo. Él era extremadamente rico y consentido. Se enamoraron y, en un mundo de machismo, a mi bisabuelo no le importaba que ella tuviera un hijo. Se fueron a vivir juntos, pero él nunca quiso casarse. Mi bisabuelo bebía mucho, no tenía trabajo y su familia ya no quería darle más dinero. Siguió bebiendo y no era responsable con mi bisabuela.
Un día ella decidió dejarlo porque quería una educación para sus hijos. Vendió la vaca y los pollos y, con ese dinero, pagó a un exconvicto a medianoche para que la llevara a la estación de tren en San Miguel, el pueblo más cercano. Para ese momento tenía ocho hijos, incluyendo a mi abuela, la mamá de mi mamá. Se llamaban Armando, Atilio, Eduardo, Francisco, Mino, Ofelia, Rafael y Aída (mi abuela).
Mi bisabuela era sastre y muy buena costurera. Llegó a San Salvador, la capital, y encontró trabajo con un familiar. Trabajó muy duro para mandar a sus hijos a la escuela, pero no todos querían estudiar. Vivían muy pobres y hacían muchos sacrificios. Ofelia emigró a Estados Unidos y trabajó muchos años en una fábrica de chaquetas en Los Ángeles. Francisco fue periodista, Rafael fue contador y los otros tuvieron trabajos diferentes, pero bebían mucho.
Mi abuela, Aída, siempre quiso ser profesora de kindergarten. Jugaba con ladrillos en el patio de la iglesia de Gotera, imaginando que eran sus estudiantes. Cuando tenía 15 años fue a una escuela para maestros y pudo encontrar trabajo como profesora. Le encantaba enseñar a los niños a leer. Siempre quería empezar a enseñarles desde los cuatro años: ¡mientras más pronto, mejor!
Mi abuela tampoco se casó; también fue madre soltera. Dio a luz a mi mamá y a mi tío Carlos. Su padre (mi abuelo) ayudó económicamente, pero no estaban casados. Mi mamá y mi tío fueron a la universidad y se graduaron como ingenieros.
Eran tiempos de guerra en El Salvador, tiempos turbulentos.
Entonces, en 1997, mis padres se conocieron y se casaron tres años después. Mi papá es de Denver, y sus bisabuelos fueron inmigrantes de Italia e Inglaterra. Ahora mi mamá cambió de carrera y es profesora de español en la Universidad de Colorado. Yo creo que enseñar está en su ADN.
La vida da vueltas. Yo soy mitad hispano y estoy orgulloso. Valoro la educación y sé que es muy importante. También sé que este problema de salud que he tenido no puede detenerme hasta terminar mi carrera. Voy a recuperarme y, primero Dios, me irá bien y continuaré con mis estudios en la Universidad de Colorado en Colorado Springs.
*Estudiante de Estados Unidos del curso Español 2140
Profesor: Edgar Vargas
Universidad de Colorado Boulder
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