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El español como llave: puertas que solo se abren desde dentro

Yeseul Oh*

El español como llave: puertas que se abren desde dentroEn el verano de 2019 me subí por primera vez a un avión rumbo a México. Había sido aceptada para una pasantía en el Festival Cervantino, en Guanajuato. En ese momento me sentía extraviada: tras graduarme y trabajar unos años en instituciones culturales en Seúl, descubrí que simplemente existir no te otorga un lugar. Un escritorio en una oficina, un pequeño cuarto propio, un asiento alrededor de la mesa con amigos… Pero cada vez que regresaba a mi pequeño cuarto en Seúl me preguntaba: ¿acaso esto es todo lo que puedo esperar de la vida? Sentía que tenía que haber algo más.

Un día apareció la convocatoria del Cervantino. México, gastronomía, pasión, calor, caos… Todas esas palabras danzaban en mi mente. Envié mi solicitud y comencé a estudiar español. Dos semanas después me llamaron para entrevista y, esa misma tarde, me dijeron que había sido seleccionada. La alegría pronto dio paso al miedo. Con solo dos semanas para prepararme, estudié sin descanso.

Al salir del aeropuerto de Ciudad de México una avalancha de sonidos cayó sobre mi cabeza. Los taxis hacían sonar sus bocinas sin cesar y las personas se gritaban los nombres unas a otras. Sorprendentemente, el sol no era tan intenso como imaginaba. Más bien el aire era fresco y seco, diferente al verano húmedo de Seúl. Subí al coche de un compañero del trabajo que había ido a recogerme. Notó enseguida que mi español no era muy bueno y se comunicó conmigo en inglés. Le agradecí mucho ese gesto.

Al día siguiente comencé mi pasantía con una cálida bienvenida. Mi tarea principal era apoyar a los artistas internacionales que participaban en el festival. Me encargaba de coordinar los horarios de llegada y presentación, revisar documentos como visas y responder a solicitudes inesperadas. El trabajo era intenso, pero poco a poco fui acostumbrándome al ritmo de Ciudad de México. La hora del almuerzo se convirtió en un pequeño placer cotidiano. Almorzábamos en restaurantes recomendados por mis compañeros y luego compartíamos fruta como postre. Al principio me preguntaba si realmente había venido como pasante o si estaba en una especie de tour gastronómico. Mis colegas se tomaban muy en serio el presentarme los platos que consideraban más deliciosos y yo aceptaba esa generosidad con gusto.

Uno de mis favoritos fue la comida corrida. Era un menú completo que comenzaba con una sopa ligera, seguido por un plato fuerte con carbohidratos y proteína y terminaba con un pequeño postre. Los días en que íbamos a comer comida corrida se sentían más ligeros, como si el cuerpo lo supiera desde la mañana. Por supuesto, los platos eran deliciosos, pero lo que más me llamaba la atención era el orden en que se comían. En Corea estamos acostumbrados a tener muchos platillos sobre la mesa y a comerlos todos a la vez, pero en la comida corrida se sirve un plato a la vez y se disfruta en secuencia. Esperar el siguiente plato después de terminar el primero, dedicarle tiempo a cada sabor, fue una experiencia nueva y placentera. Esa manera de comer me transmitía una idea distinta del tiempo, una pausa, una forma más tranquila de vivir. A través de esa comida empecé a entender un poco más el ritmo y el espíritu de México.

*Estudiante de Corea del curso Cultura mexicana en doce crónicas
Profesor: Horacio Molano
CEPE-CU, UNAM, Ciudad de México

 

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