La travesía familiar
Arianna Hernández*
Cuando mi papá era niño vivía en San Luis Potosí, México, con sus hermanos, sus padres y un gato. Donde vivían no era un lugar fabuloso; había muchas familias sin comida, sin agua, sin casa y también sin dinero. Mi abuelo tenía dos trabajos: era mariachi y trabajador de las calles. Todas las personas en la familia de mi papá trabajaban para apoyar con los desafíos de la situación. Mi abuela cocinaba en un restaurante chiquito atrás de la casa y mi papá y sus hermanos trabajaban vendiendo paletas. Siempre caminaban por las calles con el carro y decían: “¡Oye! ¡Tenemos paletas para vender!”, pero un día todo cambió.
Mi abuelo habló con mi papá y sus hermanos sobre un plan para salir de México y viajar a Estados Unidos. “¡Tú estás loco!”, dijo mi abuela. La idea era muy peligrosa para la familia. No tenían papeles ni mucho dinero, y en ese tiempo mi abuela estaba embarazada de otro de los hermanos de mi papá.
Entonces solamente tres miembros de la familia realizaron esta odisea: mi papá, mi abuelo y mi tío: Jesús, Vicente y Gilberto. Cuando pasó la semana y llegó la noche, salieron de San Luis Potosí y empezaron la travesía hacia Estados Unidos con mucha fuerza y esperanza.
La travesía no era fácil, y todo el tiempo enfrentaron muchos obstáculos y desafíos, incluyendo la policía, los efectos del sol, poca comida y siempre sin dinero. Durante todo el camno alguien debía permanecer constantemente vigilante ante la presencia de la policía y los agentes de control fronterizo. Se refugiaban entre densos matorrales de cultivos —a veces pasando la noche en esos campos— y, en otras ocasiones, en lugares mucho menos seguros y más peligrosos, por ejemplo, junto a las vías del tren o en llanuras abiertas.
Cuando estaban en la parte final de la travesía tuvieron que tomar una decisión muy importante y peligrosa: necesitaban nadar para llegar a Estados Unidos. Esta parte de la odisea era más difícil porque mi tío Gilberto no sabía nadar. Entonces mi abuelo y mi papá se turnaron para llevarlo. Esto no solo empeoró su situación, sino que la hizo aún más difícil de lo que ya era.
Mi abuelo comenzó con Gilberto a cuestas, nadando lo más lejos posible hasta que ya no pudo mantenerse a flote. Era hora de cambiar; mi padre fue el siguiente en cargar a su hermano. Como mi abuelo había nadado casi todo el camino, a mi padre solo le quedaba un tramo por cruzar, pero eso no lo hizo más fácil. Mi abuelo llegó a la orilla antes que ellos, gritándole a mi padre: “¡Date prisa! ¡Ya casi llegas! ¡No podemos estar aquí mucho tiempo, vámonos!”. Con sus últimas fuerzas, afortunadamente, mi padre completó este obstáculo y llegaron a la orilla.
Tras llegar a Estados Unidos tuvieron que esconderse en las calles y en edificios abandonados para mantenerse seguros. Por aquella época muchos otros inmigrantes tenían ideas similares para llegar a este país, lo cual hacía que sus circunstancias fueran aún más difíciles. La policía patrullaba en busca de hispanos y latinos con el fin de deportarlos.
Afortunadamente mi abuelo logró reencontrarse con amigos que ya habían vivido el proceso de inmigración desde México hacia Estados Unidos. Fue en la ciudad de Chicago donde mi abuelo, mi padre y mi tío comenzaron a construir su nueva vida.
Todos consiguieron empleo y, poco a poco, comenzaron a generar ingresos. Con el tiempo lograron mudarse de la casa de los amigos de mi abuelo y alquilar su propio espacio: un apartamento muy pequeño, diseñado para tres personas, pero listo para recibir a los otros siete familiares que llegarían más adelante.
Después de algunos meses, cuando la situación mejoró, mi abuelo pudo finalmente contactar al resto de la familia que permanecía en México. Mi abuelo, mi tío y mi padre escribieron una carta en la que contaban sobre su nueva vida en Estados Unidos y explicaban cómo mi abuelo planeaba regresar a México para ayudar al resto de la familia a trasladarse.
Al final de la carta mi padre añadió una breve nota dirigida a mi abuela y al resto de la familia, la cual decía: “Lo logramos; llegamos a América. Estamos en la tierra de los sueños.”
*Estudiante de Estados Unidos del curso Español 2040
Profesor: Edgar Vargas
Universidad de Colorado Boulder
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