Dentro y más allá del CEPE: haciéndome hispanohablante en Ciudad Universitaria
Whitney DeVos*
En la preparatoria a la que asistí, que es una escuela pública, fue recomendado que estudiara español por lo menos tres años para ser una estudiante competitiva y poder entrar a una buena universidad. En ese momento —e imagino que las cosas han cambiado— teníamos la opción de estudiar latín, griego, español y francés. Siendo una persona literaria, me atraía el francés, pero al final de cuentas me parecía muy poco práctico en California. Latín y griego me parecían útiles para pasar los exámenes estatales, pero fuera de este contexto tampoco son muy prácticos. Mi lógica en ese entonces, bastante utilitaria, fue que para mí los motivos de aprender una lengua tenían que ver con lo “útil” o lo “práctico”, con estas dos palabras implicando oportunidades concretas de hablar la lengua de manera cotidiana. Entre las cuatro opciones, el español satisfacía mejor estas condiciones personales.
Luego, con el tiempo, mis motivos cambiaron. Y cabe mencionar que aprendía también lo básico de otras tres lenguas —el francés, el mandarín y el alemán— antes de regresar de manera más definitiva al español. El francés lo aprendí por curiosidad y por el anhelo que acabo de mencionar. Probablemente parte de esto tiene que ver con la francofilia, ya que es una lengua apreciada a nivel internacional por ser “culta”. El mandarín lo aprendí a través del amor; la familia de un novio de entonces había emigrado a los EE. UU. desde Taiwán y yo quería aprender la lengua materna que todos hablaban en su casa. El alemán lo aprendí porque tenía la oportunidad y pensaba, de manera errónea, que sería fácil porque el inglés es una lengua germánica; no fue así, en mi experiencia. Regresé al español en el transcurso del doctorado, cuando me quedó claro que el género poético que quería estudiar también existía en América Latina, no sólo en el mundo anglófono. Para cumplir mi tesis con un sentido de honestidad y dignidad intelectual, me pareció esencial aprender mejor el español.
En fin, asistí a mi primera clase de español en la preparatoria, a los 14 años; entonces llevo aproximadamente 25 años, o un cuarto de siglo, estudiando, pero no de manera continua.
Mi primera estancia inmersiva en la lengua española fue en la ciudad de Oaxaca, en el verano de 2015. Asistí a cursos en el ICO (Instituto Cultural de Oaxaca), que me fue recomendado por otra estudiante en mi programa de posgrado. Para llegar a Oaxaca en avión, crucé la frontera desde Alta California para tomar un vuelo en Tijuana, para que mi vuelo no tuviera escalas y fuera más económico. Sin embargo, la mayoría de mis compañeros del salón había llegado después de una escala en —en ese entonces— el Distrito Federal, y todos estaban muy entusiasmados sobre sus experiencias en la gran ciudad. Entonces, cuando conseguí fondos para estudiar español otra vez más en México al año siguiente, decidí hacerlo en la ciudad que le dio al país su nombre. Tuve amigas de la licenciatura que habían hecho un intercambio con la UNAM, y por eso me pareció un lugar natural para buscar mis clases. Mientras encontré que el currículum del ICO estaba más enfocado en las habilidades cotidianas de los mochileros, yo en este momento buscaba un programa de enseñanza más serio y más académico, y el Centro de Enseñanza para Extranjeros me resultó la institución ideal, no sólo por su plan curricular más riguroso, sino por su lugar dentro de la universidad pública más prestigiosa de América Latina.
* Instructora de asignatura, Instituto Tecnológico Autónomo de México
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