El peso de una sombra
Kimia Dadkhah*
Han pasado algunos días desde que dejé a Pedro. Pasé todo este tiempo en el Café Ausente, donde casi toda la gente era como Pedro o incluso peor: aquellos que ya no llevan consigo sus rostros verdaderos, tal como él. Y eso fue lo que me hizo dejarlo.
Soy la sombra de Pedro y, en el rincón más oscuro del café, nadie percibe mi existencia. Durante cincuenta y seis años de vida Pedro creyó en la esperanza, sonrió frente al mundo y trabajó por el futuro; sin embargo, el tiempo lo fue vaciando hasta dejarlo convertido en algo más que un cuerpo triste; y hoy mi ausencia no significa nada para él.
Ayer la nostalgia que sentí por Pedro me llevó hasta su calle. Miré furtivamente la ventana de su casa, como quien teme ser visto. Allí estaba él, inmóvil frente a su escritorio, dejando que las horas se deshicieran entre el café y el humo del cigarrillo, sin mí. Aun así, su desasosiego era palpable, como si estuviera buscando algo que ya no recordaba.
Yo lo sabía: aquello que buscaba no estaba en la habitación, ni en el café frío, ni en el humo que se elevaba lentamente. Me buscaba a mí, aunque ya no supiera mi nombre. Ahora cae la tarde. Una inquietud inexplicable me arrastra hacia la calle San Martín. No sé por qué. La luz cambia, mi forma se estira sobre el pavimento. Cuando llego, lo veo. Pedro yace en el suelo. Su respiración es corta, irregular. La gente pasa a su alrededor, sin mirar, sin detenerse. Me acerco y, por primera vez, me percibe. Entonces comprendo que no fui su sombra, sino el último lugar donde su existencia aún tenía peso.
*Participante del II Concurso de relatos breves Hablando y escribiendo en español en Irán
Instituto de Lengua Española Alborz, Irán
Imagen: https://www.magnific.com
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