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Molly Culhane

Estos días, cuando alguien aquí en California me pregunta si hablo español, no sé qué decir. Fue menos complicado antes de que me fuera a México para estudiar el idioma. De hecho, cuando llegué a la CDMX en agosto de 2022, me sentí más o menos segura de que sí hablaba español. Después de todo, había crecido en Denver, rodeada por gente hispanohablante, y había estudiado español esporádicamente desde el kínder. Podía leer novelas en español con la ayuda del diccionario, mantener conversaciones básicas y entender la letra de mis canciones favoritas de Bad Bunny. Mi mejor amiga había aprendido el idioma durante varias estancias en América Latina; a veces platicábamos en español y, aunque yo hablaba lenta e imprecisamente, nos podíamos comunicar. Además de todo eso, tuve una autoconfianza generalizada (y, debería decir, inmerecida) sobre mis habilidades lingüísticas: había estudiado español, italiano y turco durante la carrera, un semestre cada uno, y entendí los principios de la gramática. Iba a empezar un programa de doctorado en Derecho en el otoño de 2023, y creía, con el orgullo que viene de no haber aprendido una lengua extranjera a profundidad, que después de un año en México hablaría español como experta.

  Cuando mis amigos me preguntaban por qué quise aprender español, les dije que, como futura abogada y socióloga en Estados Unidos, quería poder trabajar con clientes hispanohablantes, hacer investigaciones académicas en español y comunicarme con mis vecinos y paisanos que hablaran español. Todo eso fue parte de la respuesta honesta. Otra parte, que generalmente no les conté, es que no hablar español me daba vergüenza. Varios amigos de cuando era niña, de la prepa y de la universidad habían aprendido español mientras yo estudiaba italiano; habían estudiado en el extranjero, en Cuba, Argentina y España, mientras yo estudiaba en Sudáfrica; después de graduarse de la carrera, hicieron maestrías en la UNAM y la Ibero mientras yo trabajaba en Washington D. C. Quizás aún más allá del deseo de comunicarme con clientes, vecinos y paisanos hispanohablantes en Estados Unidos, tenía el deseo secreto de ser el tipo de persona que habla español —miembro del club exclusivo de gente cosmopolita—.

  De todos modos, como dije, llegué a la Ciudad de México en agosto de 2022 llena de entusiasmo. Empecé a tomar clases en el CEPE luego de que une amigue de la prepa, que se había graduado de su maestría en la UNAM unos meses antes de que yo llegara, me había contado. Me mudé a una casa compartida en la Roma Sur. La casa era preciosa, con un jardín hermoso y una higuera. Mi cuarto era pequeñito y, cuando la alarma de una de mis roomies sonaba a las 4:30 a. m., la escuchaba como si sonara en mi propia habitación. Sin embargo, me gustó la casa y me encantó la colonia, con su tianguis sabatino, su puesto nocturno de doriesquites, sus árboles grandes y sus varias librerías y cafeterías. Iría al CEPE en Metrobús, parando para comprar una torta de tamal para el desayuno; regresaría de mis clases en Metro y, mientras caminaba hasta mi casa, me detendría para ojear los libros de $50 fuera de la librería de segunda mano. Llegué a apreciar los ruidos cotidianos de la ciudad: los compradores de colchones, tambores, refrigeradores; el silbido de los camotes; y hasta la alerta sísmica. Todo eso para decir que empecé a construir una vida mientras la ciudad se volvía más y más familiar.

Sobre todo, me sentía muy afortunada por la facilidad de encontrar amigos en una ciudad tan inmensa. Mis primeras amigas eran mis roomies.

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