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Lengua, cultura y recuerdos: Mi historia con el español

Ksenija Borojevic*

En 2020, con el inicio de la pandemia de COVID-19, quedamos confinados en nuestras casas y continuamos trabajando de manera virtual. Uno de los beneficios imprevistos que surgió de esta situación fue disponer de más tiempo para actividades que nos gustaban y que antes no habíamos tenido oportunidad de realizar. Siempre había querido tomar clases de español. Ya conocía el CEPE porque en la universidad donde trabajaba, University of Massachusetts Boston, tenemos el Centro UNAM-Boston desde 2018.

Las clases de español virtuales resultaron ideales para mí. Mi primera clase era un curso de gramática (uso del subjuntivo) que se impartía dos veces por semana, ya que tenía que trabajar y no podía dedicar todo el día al estudio. Después continué tomando cursos de conversación, gramática y cultura mexicana en el CEPE. Me encanta aprender no solo el idioma, sino también sobre toda la riqueza de la cultura mexicana. Durante los últimos cinco años he tomado diez clases virtuales en el CEPE.

Tengo que confesar que aprendí español de manera bastante clandestina. Recién desde el verano de 2020 empecé a tomar clases virtuales de español en el CEPE de la UNAM. En todos los cursos la primera clase comienza con las presentaciones habituales, seguidas de preguntas como si hemos visitado México y cómo hemos aprendido español. Pero, en realidad, antes de tomar clases en el CEPE, nunca había estudiado español de manera formal. Es una historia larga.

Fue hace más de 40 años, cuando era estudiante de Arqueología en la Universidad de Belgrado, ahora Serbia, pero antes Yugoslavia, el país que no existe más. En esta época el idioma oficial era serbocroata, un idioma eslavo, mi idioma natal. Durante los estudios teníamos que tomar cursos de lenguas antiguas, latín y griego, y también de dos idiomas modernos. Como vengo de una familia de académicos, nuestros padres insistieron en que aprendiéramos idiomas extranjeros desde temprana edad. Ya hablaba inglés y francés. En la facultad tomé clases de inglés e italiano, pero nunca de español. Durante los estudios de posgrado aprendí alemán. Me gustaba aprender idiomas diferentes. Además, para nosotros que venimos de países donde nuestra lengua materna no es hablada por mucha gente, es necesario aprender otros idiomas. Como el español no era una lengua franca de Europa, no lo aprendí formalmente en esa época.

Cerca de 1980 llegó a Belgrado un grupo de estudiantes de España, los primeros becarios del gobierno (socialista) yugoslavo tras el establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países después de la muerte del general Franco. Me sorprendió bastante descubrir que en España, en esa época, pocas personas hablaban otros idiomas, una consecuencia del largo aislamiento durante la dictadura.

Algunos de ellos eran estudiantes de Historia del Arte y compartíamos las mismas aulas en la facultad. Yo hablaba francés con ellos, ya que no sabían inglés y yo no sabía español. Teníamos muchos intereses en común. Incluso surgieron algunas relaciones románticas.

Ellos me presentaron a otros estudiantes, diplomáticos y periodistas hispanohablantes, que no había muchos en Belgrado en aquella época. Formamos un círculo internacional muy divertido. Como la mayoría de nuestros amigos no hablaba bien otros idiomas más que el español, tuve que aprender español escuchándolos. Gracias a mi conocimiento de otros idiomas, podía entender bastante, pero hablaba una mezcla de lenguas romances, mi propio idioma “tutti-frutti”.

*Estudiante de Estados Unidos del curso Cultura mexicana en doce crónicas
Profesor: Horacio Molano
CEPE-CU, UNAM, Ciudad de México


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